
La Mundana abrió sus puertas en noviembre de 2015 como vermutería pero ha renacido como gastrobar por voluntad de creadores y petición de clientes.
El local es un espacio pequeño con dos barras y comedor interior, nada pretencioso. Es la virtud de la modestia, el lujo de lo sencillo.
Alain Guiard y Marc Martín están al frente del proyecto. Trabajaron juntos en Santa Burg (Guiard es su chef y propietario, y Martín entró como director), los dos son cocineros y los dos hablan con los clientes. Con experiencia ambos en restaurantes de estrella (Sant Pau, Guy Savoy, Àbac o El Racó de Can Fabes), querían algo mundano, divertido, para jugar con las conservas. Añadieron una robata creada ex profeso y una brasa para ahumar el aperitivo, para dar humo al producto e ir a su origen. Ahora crean partiendo de una cocina de temporada y proximidad, cercana que no común. Una cocina con humo, viajada y divertida, con influencias de salsas japonesas, de la alta cocina francesa o producto mediterráneo. Una cocina con sello, donde no es raro encontrar un pincho moruno pero acompañado de salsa teriyaki. Una cocina desacomplejada, con mucha técnica y trabajo en las cocciones, con plancha, brasa o escabechado. Una cocina de restaurante con un punto canalla, para que el cliente juegue.
Pero La Mundana no quiere dejar de ser una vermutería, y lo reivindica los fines de semana a mediodía. Justo antes del primer servicio de comidas, las puertas se abren a curiosos y 14 tipos diferentes de vermut vuelan entre manos, copas de cava o champagne, conservas hand made y tapas clásicas revisionadas como sus patatas bravas presentadas en lingote o las croquetas de pollo rustido. Es la propuesta de una taberna de alta gastronomía, una taberna mundana por el placer, nada corriente por el disfrute.