Hay quien los califica como los pintxos del siglo XXI y es que los bocados creativos de Zeruko son modernísimos y casi imposibles de explicar, hay que probarlos. Pero ahora ya no hace falta viajar a San Sebastián para poder disfrutar de ellos si nos encontramos cerca de la capital catalana más que de la capital guipuzcoana. Y es que la enseña donostiarra ha elegido Barcelona para su primera expansión fuera del País Vasco.
Ubicado en la Gran Vía de les Corts Catalanes 654, Zeruko ocupa un espacio amplio, eminentemente diáfano, dividido en dos niveles. Las referencias a la mar y la pesca conviven en una sala en la que se pueden tomar pintxos tanto en barra como compartidos alrededor de una mesa. A las influencias guipuzcoanas contemporáneas se unen elementos propios de la arquitectura local, como la puerta de inspiración modernista que delimita la cocina abierta.
El desembarco de Zeruko en la Ciudad Condal viene avalado por el rompedor legado culinario del local madre. Zeruko, en Donosti, representa la revolución gastronómica en torno al pintxo y su nueva sede barcelonesa mantiene la misma estela y quiere trasmitir, a la vez, un concepto acorde con la ciudad que lo acoge, moderno, cosmopolita y vanguardista.
El equipo barcelonés está capitaneado por Iñigo Galdona, que reedita los pintxos clásicos de Donosti desde una concepción progresista transformándolos en baluartes de calidad, sabor, juego y diversión. La carta incluye pintxos emblemáticos de Zeruko como el falso tomate, servido en una presentación fresca y divertida en la que pimiento, piparra y atún maridan sutilmente con mayonesa; el canelón de crema de foie y setas; o la legendaria rosa de bogavante.
Si bien el marisco y el pescado son uno de los reclamos de Zeruko, la maestría en la preparación de los platos de carne se materializa en el txuletón y el pintxo de cochinillo.
La carta de postres también hereda el compromiso con las técnicas de vanguardia. El trampantojo Bob Limón es un buen ejemplo. Simula un huevo frito con miga de pan y txistorra. Se basa en una crema de cítricos, junto a una esferificación de maracuyá, un bizcocho aireado de limón y una falsa chistorra de frutos rojos. Como colofón al plato, una flor de Sichuán rubrica el juego de sabores y texturas.